Amigos,
El 3 de mayo en Denver, Colorado, murió Susan McQuillan, nuestra maestra y amiga. Cumpliendo su voluntad no se realizó ceremonia alguna, fue cremada y sus cenizas se arrojarán al mar. Los cinco ecuatorianos que tuvimos la suerte de poder
acompañarla en sus últimos momentos (Marcela Santana, Iván Alzate, Jorge de los Santos, Guillermo Buchelli y yo) representamos a la multitud de gente que de ser el caso se habría reunido en su casa en Cumbayá para mostrar el inmenso cariño que ella se supo ganar en el país que también fue suyo. La tercera hija, de entre cinco (+ un hombre), de un carpintero de origen irlandés y una ama de casa de sangre alemana, salió de su natal Montana para comerse el mundo cuando bien joven. Se casó a los 24 años pero su matrimonio duró poco tiempo. Nunca tuvo hijos. A sus cuarenta fue una de las primeras Ingenieras de Televisión en los Estados Unidos y trabajó para NBC como "Broadcast Engineer". Por las calles de New Orleáns manejaría su Porche 911 Turbo con la misma pasión con la que atormentó a sus alumnos en sus más de veinte años de cátedra ¡Siempre fue ella! Se retiró de NBC para encargarse del comando general de las telecomunicaciones, sirviendo al gobierno español, en las olimpiadas de Barcelona de 1992. 12 años después volvería a las olimpiadas, esta vez en Atenas, para de nuevo, como ella mismo lo dijo, "aprender la lección". En 1995, mientras trabajaba para WGN, recibió una propuesta de la Universidad San Francisco de Quito. Harta del invierno y lista para enfrentar un nuevo reto la aceptó de inmediato. Lo que sucedió allá lo saben mejor que yo. El nuevo siglo le trajo un cáncer de pulmones, que se tornó en tumor cerebral y luego en una metástasis hasta los huesos. Nunca se lo dijo a nadie sino hasta el final; fiel a su costumbre de mostrar su lado más duro. Los que la conocimos, sin embargo, supimos siempre que la máscara ocultaba una mujer maravillosamente sensible. Hasta dos días antes de su muerte salía a diario al balcón a ver la caída del sol que en Denver ilumina las Montañas Rocallosas. Pocos meses antes había perdido parte de la motricidad y respiraba con dificultad. El lunes por la tarde los paramédicos que la llevaron al centro de cuidados donde falleciera dos días después tuvieron, antes de subirla a la ambulancia, que esperar a que termine el tabaquito: compañero fiel de sus momentos más difíciles. Por la noche pasó con su hermana Kathy. Y el martes por la mañana lo hizo con los "mialcriadous" que pudimos estar ahí en representación de toda su gente. Respondió al beso que le di en la mano con un "I'm not fragile Ponce" y a la caricia del Jorge con una sonrisa. Al Iván le preguntó entre riendo "¿did I invite you?" Y luego pidió salir a fumar un cigarrillo. "¿Do you know how many cigarettes we have robbed you?", le pregunté. "Yes, I know", me dijo, "we quit smoking", agregué. Nunca respondió. Salimos al jardín. Amaba los jardines. Sería el último cigarrillo de su vida y lo fumo con gusto, como habiendo cumplido la tarea. No sé si logro sentir la música de arpa que la compositora, una mujer muy hermosa, tocó maravillosamente por la tarde. Pero sé que la música me sumergió en un viaje por esos intensos momentos junto a la "señora" McQuillan. Me acordé de su llavero de mil llaves que colgaba en el cuello, de sus órdenes, de su fino humor negro, de las fiestas que nos organizó, de la club verde que adoraba (servida en vaso de vino, jamás en jarro), de sus chucaquis del lunes, de la Rana René sobre el monitor, del chivo que tenía como mascota, del colegio que nos construyó y, sobretodo, de su forma muy especial de ganarse el cariño de todos nosotros en la manera que había logrado ganarle a la vida: Peleando. Murió el miércoles a las cuatro de la mañana, según dicen las enfermeras, en paz. Nos deja sus memorias, sus lecciones y una foto suya vestida de Darth Vader en los corredores de nuestra querida USFQ.>>¡Susan te vigila!
Christian Ponce